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LIV

Livier abrió la boca por primera vez cuando nació en California y desde entonces no ha estado callada. Mientras crecían, sus padres le enseñaron cómo trabajar duro y soñar en grande. Ambos de estos maravillosos valores la han ayudado a vivir en tres países diferentes y viajar a muchos otros lugares del mundo. Aunque le encanta viajar, Livier siempre regresa al lugar que considera su hogar: México. Criada en una familia católica acérrima, Livier siempre creyó en Dios, pero luchó y cuestionó varias doctrinas diferentes hasta que se encontró con misioneros de La Iglesia o Jesucristo de los Santos de los Últimos Días en 2010. Mientras escuchaba lo que esos ancianos tenían que decir. Livier sintió que todo encajaba, no solo en su mente sino también en su corazón. Como la menor de tres hijos, Livier siempre admiró a su hermana mayor y siguió sus pasos para asistir y graduarse de la Facultad de Derecho antes de ser llamada para cumplir su misión en 2013 en la Misión del Noroeste de la Ciudad de México. A Livier siempre le ha gustado desafiarse a sí misma, lo que la ha guiado a realizar todo tipo de actividades, desde la danza del vientre hasta montar en camello en el desierto del Sahara. Su pasión por el crecimiento personal y su alma gitana y errante la ayudaron a decidir mudarse a Salt Lake City, donde vive actualmente. Ella ama su vocación como maestra principal porque le da la alegría y también el desafío de aprender las canciones que de niña no tuvo la oportunidad de disfrutar. En general, Livier se mantiene ocupada haciendo todo lo posible por mantenerse en contacto con su familia y amigos en todo el mundo y, además, como conversa, hace un esfuerzo todos los días para ser una pionera moderna.

 

MI VIAJE

“porque de cierto te digo que todos los que reciben mi evangelio son hijos e hijas en mi reino” D&C 25:1

La Hija

La primera vez que leí el libro de Mormón me sentí identificada con Nefi, como él, yo había nacido de buenos padres que si bien no tenían una educación universitaria ni participaban activamente en las actividades de su iglesia, sí se habían esforzado por criarme junto con mis hermanos en un ambiente de amor, fe y trabajo duro. Hay muchas cosas que he cuestionado en mi vida, algunas preguntas que aún no he podido resolver, pero hay algo que siempre ha sido una verdad innegable para mí: Dios existe.

Recuerdo un libro magnífico en la sala de nuestra casa, sus páginas eran doradas y aún antes de aprender a leer ya sabía que era de gran valor. Conforme fui avanzando en mis estudios, mis padres me permitieron tener acceso a él principalmente porque no había muchos otros libros en casa. De ese libro aprendí que Dios había creado a Adán y a Eva y que uno de sus más grandes deberes era traer espíritus a esta tierra. Había muchas cosas que no comprendía y que confundían mi mente, pero esa verdad era irrefutable, Adán y Eva habían tenido hijos tal cual mis padres lo habían hecho, yo era descendiente de Eva y como tal, uno de mis deberes era algún día traer más almas a este planeta. Siendo niña realmente no le preste mucha atención a esa idea, fue uno de esos recuerdos que puse en un baúl y guarde en algún Rincón de mi memoria. Siempre fui una alumna dedicada, así que continué con mis estudios obteniendo excelentes notas y jugando con los niños de mi calle a las escondidas y a las canicas mientras mi familia y amigos me llamaban por distintas formas de mi primer nombre. Generalmente se referían a mí como Jessie lo cual según mi mamá tenía sentido porque por meses durante su embarazo los ultrasonidos decían que sería un varón y habían planeado llamarme Jesús, cuando finalmente vi la luz de este mundo una enfermera intervino y recomendó Jessica por ser una forma “América y femenina” para el nombre originalmente pensado. Realmente no le presté mucha atención, tener el cabello corto, usar botas y llevar un nombre en el límite entre lo femenino y lo masculino era algo que no tenía prioridad. Solo sabía que siendo la menor de tres hijos y algo enfermiza, siempre lograba salirme con la mía, además de todo obtenía varios premios en la escuela, así que mis padres debían estar felices. A final de cuentas, parecía ser todo lo que unos buenos padres católicos podrían desear.

La Amiga

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Conforme fui formando mis amistades en la adolescencia, mi madre empezó a notar que tenía cierta tendencia por tener amigos que no encajaban en lo que nuestra cultura consideraba “macho”, siempre lo justificaba diciendo que me sentía más cómoda con ellos y que confiaban en mí lo suficiente para ser ellos mismos porque sabían que no los juzgaría. En varias ocasiones fui la primera persona a la que esos amigos le abrieron su Corazón para aceptar que tenían atracción por el mismo sexo. Recuerdo las tardes escuchando sus historias y pensando en cómo me sentía yo, en cuantas veces había dicho que cierto chico me agradaba solo porque sabía que todos pensaban que era atractivo y cuantas revistas de moda hojeaba sin sentido pensando que de alguna manera vistiéndome como las chicas en sus portadas los sentimientos se irían. Fue en esta etapa cuando empecé a analizar cada decisión tomada en mi vida, cada juego, cada interacción con chicos y chicas e incluso cada película que había visto en mi vida y en dónde se había encontrado mi enfoque. Entonces recordé un momento en particular; la primera vez que vi una película pornográfica. Aún viene a mi mente como si fuera ayer, mis padres habían adquirido televisión por cable y yo me las había ingeniado para ver la versión para adultos de Alicia en el País de las Maravillas, conforme veía la película y descubría a fondo lo que hasta ese momento era mi más detallada clase de educación sexual, no podía quitar mi mirada de la Reina de Corazones, fue esa ocasión la que me hizo darme cuenta de una vez por todas que mi cuerpo reaccionaba de cierta manera que hasta ese momento no lo había hecho con un chico pero al final de cuentas en la escuela me habían dicho que como adolescente mi mente y cuerpo aún estaban en formación y creí tener el poder para moldearlo y hacer esas emociones desaparecer, Ilusamente pensé que podía añadir eso al baúl que ya había creado en mi mente porque mi destino realmente solo tenía tres opciones: Esposa, Cuidar de mis Padres o Consagrar mi Vida a Dios.

La Novia

Considerando que ninguno de esos caminos realmente llamaba mi atención, decidí enfocarme de nuevo en lo que siempre había resultado para mí: Mis estudios. Trabajé duro y empecé a viajar para ir a diferentes competencias, tomaba cada oportunidad que tenía para salir de la ciudad y dejar de ser Jessie para convertirme en Livier, mi Segundo nombre parecía darme el poder para ser una persona diferente. Inicie varias relaciones sin mucho futuro y solo por algunos meses. Las relaciones que tenía con chicas nunca llegaban lejos porque por más que deseaba ser libre, no estaba dispuesta a pagar el precio de decir públicamente que me atraían las mujeres y mucho menos a hacer a mis padres pasar por lo que entonces creía sería una vergüenza. Mis noviazgos con chicos estaban también condenados porque simplemente me aburrían, teníamos algunos meses buenos y vivíamos aventuras, con algunos de ellos aprendí muchas cosas, pero después de unas semanas me daba cuenta que había algo que faltaba y entonces buscaba refugio de nuevo en algún viaje que me llevara a los brazos de una chica. Sin importar que hiciera o a donde fuera, siempre había un vacío. Tanto mis amigos como mi familia empezaron a notar que no permanecería en el mismo lugar de manera constante, sin duda estaba huyendo, pero nadie sabía de qué. Era la estudiante modelo, la amiga que lo daba todo, la hija que no daba problemas y la mujer aventurera que cada vez conquistaba más metas: ¿Qué podría estar mal?

La Sobreviviente

Fue entonces que me di cuenta que no podía seguir mi vida sola, los trofeos y los viajes no eran permanentes y no podía vivir en constante persecución por una meta que ni siquiera yo sabía cuál era y entonces hice lo que lógicamente tenía sentido; busqué un novio exitoso, alguien que en papel fuera ideal, con personalidad fuerte y sin miedo a decir las cosas como son, porque entonces él podría hacerme entrar en razón y dominarme. Tenía a alguien en la mira, parecía alguien noble pero firme, inteligente y decidido, nos movíamos en los mismos círculos así que no sería difícil provocar un encuentro y construir algo a partir de ese momento. Él sabía de mis aventuras por terceras personas, pero yo nunca lo había aceptado frente a él así que no tenía por qué contarle sobre mis deslices, Mi plan estaba en marcha, vivíamos en distintas ciudades así que sería fácil mantenerme entretenida puesto que no tendría que mostrar afecto cada día, solo cuando estuviéramos en la misma zona horaria. Él siempre estaba dispuesto a recibirme, incluso a pagar boletos de avión y hoteles para que yo pudiera viajar, siempre hacia comentarios sobre mi ropa y mi comida, me hacía sentir que ponía atención a cada decisión que yo tomaba, me involucraba en sus proyectos y me permitía contribuir, había logrado mi meta, era la candidata a novia modelo, solo tenía que cuidar que decir y cuando hacerlo, no quería dejarlo en vergüenza. Las cosas fueron evolucionando, la relación volviéndose más íntima y él incluso había accedido a que un par de amigos supieran que teníamos una relación, aunque el título nunca estaba determinado. Me sentía orgullosa de que él me hubiera aceptado, era un héroe, ¡aceptarme a pesar de los rumores y el pasado! Si mantener silencio cuando me lo pidiera era el precio, entonces estaba dispuesta a pagarlo. Creí que tenía todo bajo control, que pronto podría presentarlo a mis padres y que seríamos la pareja que todos envidiarían, solo había una falla en mi plan y era que él no veía las cosas de la misma manera. Las marcas que dejo esa relación fueron más allá de las cicatrices físicas, son golpes al alma que solo hubo una cosa capaz de sanar: El Evangelio

La Conversa

Mientras vivía mi proceso de sanación, sin saber cómo y cuándo orar, recordé como recibí la respuesta a una pregunta que no sabía que necesitaba. Mientras preparaba un pastel para un amigo por su cumpleaños, los misioneros tocaron a mi puerta y a pesar de mi orgullo les permití entrar. Conforme fui aprendiendo sobre los mandamientos y cuán diferente era a lo que yo estaba acostumbrada, me di cuenta que no tenía por qué vivir en la vergüenza y que el pasado y mis acciones no definían quien era. Aprendí sobre el perdón y la expiación, me ensenaron a orar y por primera vez sentí que ese vacío que por tantos años había tratado de llenar con cosas banales finalmente tenía una respuesta permanente. Estaba tan embelesada con los nuevos conocimientos que cuando llegamos a la Ley de Castidad todo simplemente tuvo sentido y decidí tomar el desafío y ser bautizada, a final de cuentas había vivido tanto tiempo con ese “secreto” que para ese momento ya no sentía que impactaría mi decisión.

La Misionera

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Un tiempo después de bautizarme, me fijé la meta de servir una misión. Debo aceptar que mi mayor razón para servir no fue predicar el Evangelio, sabía que aún tenía que despojarme de vicios que tenía y de malos hábitos que, si bien no me impedían asistir al Templo, si me mantenían alejada del poder ser como mi hermano mayor. Con miedo y desafíos, lleve a cabo el proceso para poder servir en la obra. Oré cada noche para que esos sentimientos no fueran desempolvados y para que mi mirada no se desviara hacia mis compañeras. Llegue al campo misional con la firme idea de sanar mediante el servicio a mis semejantes y así fue. El testimonio de los Milagros que vi es algo que no podría expresar en palabras, pero dentro de todo, la posibilidad de ver como interactuaba con mujeres cada día sin verlas de otra manera que no fuese como mis hermanas fue el mayor milagro que hasta ese momento pude haber visto.

Sin embargo, debo admitir que conforme me preparaba para compartir mi historia me di cuenta de algo que no note en 2013 cuando serví mi misión. Muchas de mis compañeras hacían comentarios en cuán distante era, incluso mi Presidente de Misión en varias ocasiones me dijo que jamás lograría alcanzar mi potencial como misionera mientras no derribara las paredes que había construido alrededor de mi Corazón. En aquellos momentos creí que yo sabía más y que todos estaban equivocados cuando yo era la que se encontraba en el error. Esa pared existía, había sido construida con secretos, con fallas, desafíos, pero sobre todo lo que la mantenía unida era uno de los materiales más potentes que he podido enfrentar: El miedo. Aun siendo testigo de los Milagros que ante mis ojos se habían manifestado, creía que, si me acercaba más a mis compañeras, si era más amorosa y comprensible entonces me estaría poniendo en peligro de sentir algo que no era apropiado y las pondría a ellas en riesgo también. Creí, egoístamente, que era mi forma de protegerlas y de cuidarme, confié en que mis decisiones eran más sabias que las de aquel que me había llamado a servir. Hoy reconozco que mis debilidades solo pueden convertirse en fortalezas cuando confió en aquel que ha preparado el camino para mí, siempre hay una manera para que aprendamos la lección que necesitamos aunque tomemos desvíos para llegar a la lección.

No siendo suficiente el tener que enfrentar mis inseguridades cada día, también fue durante la misión cuando por cuestiones de salud tuve que visitar a una ginecóloga. Después de muchos estudios y tiempo invertido, fui llamada a su oficina en privado para darme la noticia “Es bueno que creas en Dios porque solo con un milagro podrás llegar a ser madre”. Esas palabras taladraron lo más profundo de mi ser, no voy a negar que sentí rabia, enojo, decepción… quería volver a casa ponerme en rodillas y en oración reclamarle a aquel cuya obra es perfecta, necesitaba una respuesta de su parte para poder entender por qué si mi misión era ser esposa y madre, lo hacía físicamente imposible para mí, ¿cuál era su plan? ¿Era acaso este un juego en el cual había recibido las peores cartas? ¿Qué más quería de mí? Quería una respuesta y la quería en ese momento, de nuevo mi orgullo me impedía ver que las cosas no se daban cuando yo quería sino cuando Él considerara que estaba preparada para recibirla, en este caso no pasaría sino hasta varios años después cuando en una ocasión mientras me encontraba en el Templo pude ver pequeños jugando en un parque y uno de ellos señalarme y llamarme madre. La prueba había sido recibida en 2013, su promesa revelada en 2016 y la entrega aún espera paciente.

La Migrante

Una vez que concluí la misión, regrese con honor a casa y unos meses después me mude a Utah. Todo parecía marchar bien y estar bajo control, asistía a un barrio de Adultos Solteros y sabía que la siguiente meta a cumplir era encontrar a mi compañero eterno. Veía a mi alrededor cuantas chicas lindas asistían al barrio y cuantas opciones los chicos tenían para elegir, así que por mi parte hacía todo lo posible por parecer la cita ideal. No me daba cuenta que seguía en el mismo ciclo de editar quien era para que los demás no lo notaran, pero por alguna razón las citas no parecían tener algún futuro, siempre encontraba alguna razón para cancelar o algo por lo que no les agradaba ya fuese mi acento, mi nacionalidad, o alguna de las tantas etiquetas que sobre mí se habían impuesto. Los sentimientos seguían albergándose y mi madre finalmente encontró la llave que abrió aquel baúl que creí se encontraba resguardado. Fue una noche de navidad cuando estaba visitando la casa de mis padres que se sentó a mi lado en la cama que me vio crecer y me hizo la pregunta que a muchos solteros aterroriza pero que siendo alguien con SSA se Vuelve aun peor “¿Por qué crees que sigues soltera?” mientras la escuchaba lanzar teorías que incluían mi peso, mi personalidad e incluso cómo debía dejar de hablar sobre mis viajes porque eso intimidaba a los hombres, guardé silencio mientras pude hasta que finalmente después de todos esos años las palabras escaparon mi alma: Porque me gustan las mujeres.

Su mirada reflejaba confusión, tristeza e incluso lástima. Repetía cosas como que no sabía en qué había fallado o que había hecho mal, cómo tantas veces lo había sospechado pero que se negaba a creerlo y después la pregunta que había evitado durante tantos años: “¿Qué va a pasar con la Iglesia?” Realmente no sabía que responder, conocía perfectamente las doctrinas y el plan de salvación y sabía las consecuencias de tener una relación con una mujer, sabía también mi desafio para ser madre y para encajar en lo que yo creía era la esposa modelo, me sentía desarmada y en desventaja, tal vez lo más fácil seria volver a ser católica y asistir a misa solo en bodas y fiestas similares. Ese vacío parecía volver a mi vida lentamente y consumirme en lo que solo tenía obscuridad, le dije que no sabía qué pasaría, me acurruque para dormir y permití las preguntas rondar mi mente.

El tiempo de volver a Salt Lake City llego y una tarde después de otra mala cita, me derrumbé. Llame a una de mis mejores amigas de la misión quien nunca había sido mi compañera, pero había tratado frecuentemente, le pedí que fuera a mi casa porque necesitaba hablar. Llego por la noche mientras afuera nevaba, abrí la puerta y mientras la veía sostener una caja con pizza, un refresco y papas fritas solo atiné a decir “Me gustan las mujeres”, ella me miró a los ojos y respondió “A mí me gusta comer pizza mientras esta caliente” entró a la casa y empezamos a hablar. Por primera vez sentí que ese peso se había levantado de mis hombros, su respuesta tan casual me hizo sentir que no era un problema en lo más mínimo o algo que cambiara su forma de verme, ¿era así como la gente debía reaccionar? ¿Era esto normal? ¿Habían sido todos mis miedos infundados? No, la razón por la que ella actuó con amor y pudo darme apoyo y amor esa noche fue porque su hermano es transgénero y ella había vivido ya este proceso con él, no en la misma manera, pero con tal experiencia que la había preparado para ser mi hermana en Cristo.

La Prometida

Con el apoyo de mis amigos y el amor de mis líderes, decidí que, si iba a recibir la promesa de una familia, no podía dejarlo todo en manos de mi Padre Celestial. Conforme me volví más fuerte y aprendí a amar cada parte de mi ser, tuve la suficiente confianza de intentarlo de nuevo una vez más. A mi propio paso, empecé a ir a citas a ciegas, intenté conocer gente en internet e interactúe con amigos de mis amigos. No voy a mentir, no fue fácil, principalmente cuando veía potencial en alguien y empezaba a pensar si debía o no hablarles de mi atracción por el mismo sexo. Recibí reacciones mixtas cuando les compartía esta parte de mí. Por alguna razón, algunos chicos automáticamente pensaban que la probabilidad de que les fuera infiel aumentaba. Salir en citas tenía altibajos, pero supongo que cualquier persona soltera los tiene o de otra manera no existirían barrios de adultos solteros. Un día por casualidad encontré el perfil de un chico en una aplicación y honestamente el hecho de que estaba vestido como Han Solo en una de sus fotos fue la razón por la que le di me gusta. Empezamos a hablar y después de algunos días decidimos conocernos en persona. Cuando llegué a casa después de la cita, supe que tenia que decirle. Él había sido muy honesto y abierto conmigo y podía sentir su sinceridad así que lo mínimo que el merecía era que fuera yo misma. Y tan simple como eso, decidí enviarle un mensaje de texto en el que le explicaba la situación y el me respondió con las palabras mas bellas que he recibido: “No me interesa quien te atrae, me importa a quien decides amar” Ese corto mensaje cambio nuestras vidas. Se ha convertido en mi mejor amigo, mi cómplice y mi mayor apoyo. Conforme nuestra relación evoluciono, mas y mas personas a nuestro alrededor empezaron a saber sobre mi AMS. Tenían preguntas diversas sobre infinidad de cosas, empezaron a acercársele en eventos a los que asistíamos juntos con preguntas intimidantes que hasta ese punto no habíamos discutido a fondo. Yo no estaba acostumbrada a estar en una relación con este nivel de comunicación y confianza así que ahora estoy aprendiendo que todo lo que hago, se refleja en el también. Probablemente no tenemos todas las respuestas, pero estamos juntos en este camino, trabajando para tener un lazo que si bien no es perfecto si se volverá eterno en un par de meses.

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Hija de un Rey

Siempre creí que mi sentimiento de vergüenza venia de algo incorrecto, de una gran mancha que se encontraba sobre mi ser y que nadie podría borrar. Fui aceptando las etiquetas que el mundo me daba y pegándolas fuertemente a mi frente y a mi Corazón. Las experiencias que he vivido me han enseñado que no tengo porque esconder quien soy y el único título que me importa ostentar es el de Heredera del Reino de mi Padre. Mi capacidad de amar y de ser fiel a alguien no depende de las reacciones de mi cuerpo sino de algo que va más allá y eterno. No tengo todas las respuestas ni se exactamente lo que pasará en un futuro, pero, si algo de lo que tengo un testimonio firme, es de que existe un Padre Celestial que me ama y que ha creado un mundo lleno de maravillas para que yo pueda reconocer su presencia y mi potencial.

No hay herida causada por mis decisiones o por la ignorancia de algunos que aún no entienden el espíritu de la ley que el poder de la expiación no pueda sanar. Las promesas que se me han dado se han cumplido en tiempos perfectos y que Él conoce mejor que yo. Hoy no escapo más, no necesito huir de nada ni de nadie, ni siquiera de mí misma. Soy hija, hermana, amiga, mujer con atracción por el mismo sexo, futura madre en Zion y sobre todas las cosas: Hija de un Rey.